Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos

marzo 8, 2010

En el Cinturón de Fuego

Archivado en: El Escribidor — escritorescristianos @ 7:54 am

Se dice que cuando Dios hizo el mundo, sus ayudantes, al dar por concluida la tarea al final del sexto día, le informaron que todo se había ejecutado conforme a sus instrucciones. Dios, entonces, satisfecho, creyó llegado el momento de tomarse un respiro y darles un día de asueto a tan eficientes colaboradores. Pero cuando se aprestaba a hacerlo, llegó un ángel y le dio cuenta que en la parte baja del suroeste de lo que más tarde habría de conocerse como América del Sur se les había quedado olvidada una franca de tierra de unos 4,300 kms. de largo por 180 kms. de ancho. Un poco molesto por el lapsus laboratus, Dios pensó un poco y luego le ofreció al ángel la solución. «Recojan», le dijo, «todos los sobrantes y échenlos en aquella porción de tierra como mejor se acomoden».

Así se hizo y así se formó Chile. Por eso es que mi país tiene un poco de todo lo que hay en otras regiones del planeta: desierto, hielos eternos, cordilleras, valles, calores, fríos, trópico, clima templado, mar, volcanes, oro, plata, cobre, petróleo, trigo, manzanas, mangos y hasta buganvilias. Y puede cultivar todos los productos agrícolas que se dan en los más variados tipos de suelos. Lo que el cuentito no dice, sin embargo, es que esa larga y angosta franja de tierra en la que vinimos al mundo y a la que queremos tanto quedó asentada en lo que se conoce como el Cinturón de Fuego, detalle que nos garantiza, de por vida, catástrofes y desgracias telúricas a lo cual hemos tenido que acostumbrarnos mal que nos pese. (Como estamos por estos dias tratando de acostumbrarnos al frío de Miami que pareciera que esta vez llegó para quedarse.)

El Cinturón de Fuego se extiende a lo largo de las costas de Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, México, los Estados Unidos, Canadá, las Islas Aleutianas y baja por las costas e islas de Rusia, China, Japón, Taiwán, Filipinas, Indonesia, Australia y Nueva Zelanda. Y el denominativo es obvio: Esta región del planeta está bajo constante amenaza por las fricciones que se producen en las placas tectónicas que en este proceso van acumulando energía que en algún momento se libera con las consecuencias de todos conocidas.

Los sismólogos afirman que mientras más tiempo transcurre entre un sismo y otro, más posibilidades hay que el siguiente no sea un simple terremoto sino que adquiera características de mega. Visos de mega tuvo el reciente en Chile y un mega es el que se teme que ocurra de un día a otro en la costa oeste de los Estados Unidos, comprometiendo desde San Diego hasta Seattle. Como dato curioso, recabado en la Internet, se nos afirma que Chile tiene 2,085 volcanes y 5,000 cráteres de los cuales están activos 55. Nos preguntamos cómo podemos acomodar tanto volcán en una tan reducida extensión territorial. Aunque los científicos difieren en opiniones, se afirma que hay una relación estrecha entre los fenómenos que se dan bajo la superficie terrestre y las erupciones volcánicas. Hemos sido testigos, aunque desde cierta lejanía, de erupciones impresionantes que han hecho hermosos volcanes ubicados en la Región de la Frontera, cuya capital es Temuco. Y aunque los fuegos pirotécnicos especialmente durante la noche son impresionantes, el daño por la lluvia de ceniza y los ríos de lava que bajan por las laderas arrasando todo lo que encuentran a su paso es mucho mayor. Todos recuerdan que como consecuencia de la erupción del volcán Chaitén en mayo del año pasado desapareció, quizás para siempre, ese pueblo que por generaciones había aprendido a vivir a su sombra sin mayores ambiciones ni sobresaltos.

Los chilenos, siempre con el sentido del humor a flor de piel, nos reímos del hecho de vivir en un territorio tan estrecho, con la Cordillera de los Andes por un lado y el Océano Pacífico por el otro. Y decimos que tenemos que dormir a lo largo porque si lo hacemos a lo ancho, quedamos con los pies en el agua. O con la cabeza, según la posición que hayamos decidido adoptar al irnos a la cama.

Hace setenta años nos tocó vivir nuestro primer gran terremoto. Y hace cincuenta, el último. En 1964, tuvimos nuestro incendio privado en el que apenas alcanzamos a rescatar a nuestros tres hijos; el cuarto aun no había nacido y en 1993, ya radicados en Miami, nuestro primer gran huracán, el Andrew. Después han venido otros pero no tan aterradores como aquel. Del Katrina no podemos decir nada porque se fue para otro lado a sembrar desolación y muerte. El terremoto del 15 de agosto de 2007 en el Perú (habíamos llegado ese mismo día a Lima) si bien fue también de gran intensidad, no lo contamos por haberlo vivido fuera del territorio de nuestro país. Ni el de febrero de 2009 en Costa Rica por haber llegado minutos tarde al gran remezón debido a una falla del avión de American que nos llevaba desde Miami.

El terremoto de 1960 no fue uno sino dos. El primero, a las 6.02 de la mañana del sábado 21 de mayo (7.75º en la escala de Richter) y el segundo, a las 3.10 de la tarde del día siguiente, domingo 22 (9.5º). Este segundo trajo como cola siniestra un maremoto (en aquel tiempo aun no se había popularizado el término tsunami) que hizo ascender hasta 5 mil el número de víctimas fatales. Las noticias alarmantes sobre los daños provocados por el primero en la ciudad de Concepción donde vivían nuestros padres nos impulsaron a viajar casi 300 kilómetros para ir a verles lo que hicimos el día 22. A las 3:00 de la tarde, y cuando aun nos faltaban unos 150 kilómetros para llegar, nos sorprendió otro violento sismo que resultó tener su epicentro muy cerca de la ciudad de Temuco, donde vivíamos. Al regresar rápidamente después de haber comprobado que los familiares estaban bien, encontramos que nuestra casa estaba intacta pero nadie dentro de ella. Antes de que la desesperación hiciera presa de nosotros, una vecina nos informó que mi esposa y nuestro hijo mayor que por esos días aun no cumplía los dos años, se habían refugiado donde unos hermanos y colegas. Allí me los encontré a todos, durmiendo en el suelo.

Los continuos sismos han desarrollado en el ánimo de los chilenos una vocación de supervivencia. Caemos, pero nos levantamos. Volvemos a caer y volvemos a levantarnos. Las veces que sea. Esto se pudo ver en el pasado y se está viendo ahora. Como me escribía el reverendo Rodolfo Campos en un correo recibido precisamente el día de hoy: «El trabajo ha sido abrumador. Aquí, con las radios, estamos motivando a la gente, sirviendo de puente para aquellos que buscan a familiares y organizando actividades para recolectar fondos y alimentos para que muy pronto Chile se ponga de pie. En menos de siete días hemos vivido varios terremotos seguidos. El terremoto propiamente tal; el maremoto, el saqueo, donde muchos mostraron el lado más negro que guarda el ser humano; el comunicacional. Hay radios que han festinado con el terremoto y da la impresión que estuvieran de fiesta. Se ha entregado información incorrecta que ha inducido a la población a cometer errores. Pero ha habido otro terremoto. Miles de jóvenes han tomado las banderas solidarias.Gente humilde, que no tiene nada que dar ha llegado a ofrecer sangre. Madres que teniendo solo medio kilo de leche para su guagua, la han compartido con otros. Ese es el Chile que queremos ver.
Eugenio, sé que están sufriendo a la distancia, pero ya hemos vivido otros terremotos y Chile siempre se pone de pie. Un abrazo».

¡Hecho! ¡Va ese abrazo no solo para ti sino para todos nuestros compatriotas que por estos días pelan el ajo con optimismo, entereza y decisión! Diles que no están solos; que hay una ciudadanía universal que está con ellos. Como lo estamos con nuestros hermanos de Haití. Y que nuestro buen Dios, a quien a veces queremos culpar por estos fenómenos naturales no los deja solos y que de una u otra manera, acude en ayuda de cada uno.

Quizás por tratarse de los sectores más pobres de la población, los medios televisivos como las autoridades del gobierno han explotado a sus anchas los saqueos que se han dado de supermercados, tiendas de electrodomésticos y de ropa. En destacar este lamentable hecho han gastado horas y horas de transmisiones, pudiendo haberlas dedicado a asuntos más constructivos. Sin ir más lejos, han repetido hasta el cansancio la filmación que hicieran de un pobre ñato cuando se echa al hombro una lavadora automática de ropa y se va con ella trastabillando. No sería raro que al llegar a su casa, o lo que quedó de ella, se haya preguntado: «¿Y pa qué cresta me robé esta…?» Sin duda que, como dice el reverendo Campos, esto ha mostrado el lado más negro que guarda el ser humano. Pero poco o nada se ha dicho de otros saqueos y otros lados igualmente negros que se hacen a otro nivel y que los ejecutan no lumpen sino respetables (?) señores de cuello y corbata para muchos de los cuales este terremoto es cosa ausente y lejana. ¡Porque en los sectores donde viven (si es que viven en Chile) no pasó nada! Para justificarlos a ellos corren los justificadores. El presidente de la Cámara Chilena de la Construcción, el representante del Sernac (que es el organismo que «defiende» a los consumidores), el ministro de la Vivienda, la directora de la oficina nacional de emergencia Nos referimos a las compañías constructoras que levantaron edificios mal construidos que no solo mataron gente sino que antes de haberse vendido todos los espacios, habrá que darles a ellos (a los edificios) el tiro de gracia pues han quedado heridos de muerte.

No es como consecuencia del terremoto que han quedado al descubierto abusos en la construcción. En otras instancias menos serias ha ocurrido lo mismo. Pareciera que cuando corresponde, nadie los fiscaliza y cuando ocurren las desgracias se anuncia una investigación que por lo general nunca llega a nada. Los concesionarios de sectores de las carreteras sin darse por enterados de las tremendas pérdidas de la gente y de lo que les costará en términos de dinero levantar sus viviendas, no han dejado de cobrar peaje incluso a vehículos que andan en tareas de ayuda a los damnificados. Estos saqueos no cuentan. Los gerentes de las grandes tiendas, que sin duda han de tener seguros millonarios, en medio de la calle y rodeados de escombros y de gente desesperada, no dejan de dar instrucciones sobre cómo comprar alimento, pañales para niños y leche: «Pueden hacerlo con dinero efectivo», dicen, tranquilos y serenos, «o con tarjetas de crédito». No hay problema. Como sea, pero que no dejen de pagar.
Saqueos. Si vamos a hablar de saqueos…

Para terminar con una nota optimista, nada mejor que traer a la memoria el poema que nuestro Nicanor Parra, dedicó a Chillán, después del terremoto del 24 de enero de 1939.

«Que se levante el raudo viento azul de otoño,
que aquí no pasa nada que puramente todo.
Chillán existe como una rosa blanca
sobre mi corazón húmedo y sin palabras.

Chillán no está vencido, Chillán laurel alzado
como el verde campo de los gentiles caballos.
Que se levante el trueno vivo de los tambores
y el hortelano alegre que se levante entonces.
Chillán en cada gancho de lirio vibra
como la espada abierta de la noche sombría.

Que se levante entonces como una bestia el día
que aquí toda una llama que aquí nada ceniza.
Que se levante el fuego como un caballo de oro
que aquí no pasa nada que puramente todo».

Nicanor Parra

Eugenio Orellana es fundador y director ejecutivo de ALEC (Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos)

© E. Orellana, ProtestanteDigital.com (España, 2010).

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