Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos

noviembre 15, 2011

Segunda carta abierta

Archivado en: El Escribidor — escritorescristianos @ 9:01 am

                                             Segunda carta abierta

 

«Cuando
a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace
en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y
no que prometas y no cumplas» (Eclesiastés 5:4).

01 DE OCTUBRE DE 2011

 La muerte había venido a por mi hermano mayor. El primer
zarpazo lo falló cuando un día de crudo invierno el monóxido de carbono
que emanaba de un brasero que temperaba su cuarto estuvo a punto de
cobrar en él a una nueva víctima. Con el segundo le fue mejor: una
nefritis crónica que se había venido incubando aparentemente desde que
era niño y que por ese entonces, a lo menos en el Chile de mediados del
siglo pasado no era muy conocida y no tenía cura, se lo llevó cuando aun
no cumplía los 29 años.

Era el presidente de la unión de jóvenes de la iglesia y un actor
entusiasta de cuanta actividad tenía que ver con el servicio cristiano.

El 21 de mayo de 1960 un fuerte terremoto había sacudido a la ciudad
donde vivía con nuestros padres. La gran cantidad de edificios
destruidos o dañados había creado una crisis adicional particularmente
en el Hospital Regional donde fue necesario hacinar enfermos y heridos y
enviar a casa a cuantos se pudo. Entre estos, estaba mi hermano. El
médico que lo atendía, con la misma naturalidad con que se da de alta a
un paciente recuperado, nos dijo: «Llévenselo. Le queda una semana de
vida». Y, exactamente, a la semana murió. Nunca había visto ni he
llegado a ver un diagnóstico tan preciso dado por un médico con tanta
frialdad. Contrasta con el alborozo con que el Dr. Alan Livingstone,
oncólogo del Hospital Jackson Memorial de Miami irrumpió en marzo de
2005 en el cuarto donde me recuperaba de una cirugía mayor que me había
practicado el día anterior. Brincando casi fuera de sí, con su bata de
un blanco inmaculado flotando como alas de una inmensa paloma, dio
cuatro vueltas por el cuarto gritando:  No cancer! No cancer!
después de lo cual salió con tal felicidad como si el paciente hubiera
sido él. El Dr. Livingstone con su equipo me había operado para evitar
un cáncer esofágico parece que justo a tiempo.

En tres meses más, mi hermano habría de cumplir los 29 años.

Durante los días que permaneció en casa esperando la muerte todos los
jóvenes de la iglesia se reunieron cada noche para orar, para cantar,
para consolar y para prometer.

Después de su sepultación, el fervor del momento fue tomando su nivel
habitual y al poco tiempo muchas de las promesas de fidelidad que solo
unos días atrás se habían hecho a Dios a los pies de la cama de un
moribundo iban quedando sepultadas en el olvido.

A partir de aquel doloroso suceso, otros jóvenes también murieron;
algunos se casaron y formaron sus familias; hubo quienes salieron del
país para radicarse en el extranjero y un buen grupo desertó, por lo
menos abandonando el servicio activo que es a lo que nos llama el Señor.

En los ejércitos de nuestros países, las deserciones se pagan con
cárcel y degradación. Y si tal cosa ocurre en tiempos de guerra, con la
vida. Un consejo de guerra no tarda en dictar sentencia y la ejecución
viene detrás.  It’s the law . Es la ley.

 Carta Nº 2. A mis amigos que un día fueron y ya no lo son

Queridos amigos míos: Al escribirles esta carta siento comenzar citando
al sabio Salomón quien, según Eclesiastés 12.1 dijo: «Acuérdate de tu
Creador en los días de tu juventud». Me permito, sin embargo, cambiar el
orden que le da a esta sentencia para que se lea: «Acuérdate de los
días en que ibas por la vida caminando con tu Creador». Porque aquellos
fueron tiempos excepcionalmente satisfactorios. Todas nuestras energías
estaban puestas en disfrutar de la vida cristiana tal como nos la
ofrecía el ambiente de la iglesia. En lo que a nuestro entorno respecta,
sin que las malas influencias llegaran a estropear esa relación que
había nacido, crecía y se desarrollaba a la sombra de nuestro amor por
Jesús.

Constituíamos un conglomerado de muchachos y muchachas que dejábamos que aquel Jesús a quien seguíamos nos mantuviera unidos.

No desperdiciábamos ocasión para reunirnos y asistir a conferencias,
congresos, seminarios, campamentos de verano, campañas evangelísticas.
Las iglesias, plazas y parques se llenaban de la algarabía que emanaba
de nuestros espíritus jóvenes. Cuando llegaba el momento de aprender
bastaba con que, Biblia en mano, nos sentáramos a escuchar a nuestros
maestros; si se trataba de cantar, en un dos por tres formábamos un
poderoso coro polifónico; si había que salir a compartir el Evangelio,
íbamos por las calles, las plazas, los caminos difundiendo la fe que nos
movía e inspiraba. Cuando llegaba el momento de jugar lo hacíamos con
un espíritu sano que, sin duda ponía contentos no solo a Dios sino a
todos los habitantes del Cielo.

Recordando esos años, podemos parafrasear a Salomón afirmando que «en aquellos días hubo grandes alegrías» ( Eclesiastés 12:1 ) versus «No tengo en ellos contentamiento».

Pero el tiempo pasa; los jóvenes crecen y llegan a ser adultos; viene
el tiempo de salir a estudiar a veces lejos de casa; luego, el trabajo y
con ello el llamado a enamorarse, casarse, tener hijos, formar una
familia. Un hogar propio. Son etapas del devenir humano. En cada una de
ellas es puesta a prueba la fe que un día abrazáramos. Y entonces, viene
la presión de una sociedad que quizás no empuja demasiado sino que
«solo sugiere» la idea de experimentar «cosas nuevas» que hasta entonces
nos han sido ajenas.

Hay quienes optan por ceder a las sugerencias y explorar aquellas
rutas. Y a partir de ese prurito de asomar la nariz en ambientes hasta
entonces desconocidos se van dando pasos que nos alejan de la fe que
alguna vez en el pasado disfrutamos.

Unos pocos nos hemos mantenido en el camino. Otros han hecho los suyos propios.

En la Biblia tenemos tres casos de jóvenes que en un momento de sus
vidas, optaron por «desertar». Sus ejemplos nos pueden ilustrar lo que
esta carta pretende señalar. Los tres aportan situaciones parecidas
aunque diferentes y, hasta donde el relato bíblico nos permite
vislumbrar, cada uno en su aventura tuvo su propio final.

Juan Marcos, sobrino de Bernabé es el primero. Bernabé, el compañero de
Pablo en su primer viaje misionero se deja convencer por el deseo del
muchacho de ir con ellos. Pareciera que para él el atractivo estaba, más
que en el interés que movía a los misioneros, en la posibilidad de
«salir a conocer mundo». Bernabé lo consulta con Pablo y éste está de
acuerdo. El viaje, sin embargo, no resulta un paseo ni una gira
turística. Tipo de la vida. La vida tampoco es fácil aunque tenga tramos
agradables. Decepcionado de la experiencia, Juan Marcos decide regresar
a casa. Y así lo hace, con la comprensión de su tío y la decepción del
apóstol. Juan Marcos, sin embargo, no renuncia a su fe. Lo desanima e
intimida circunstancialmente una etapa; dura, difícil, agotadora,
decepcionante. Pero se mantiene cerca de su Señor. Ya adulto, llega a
ser un eficaz compañero de Pedro, una ayuda valiosísima para el propio
Pablo y culmina su compromiso con Cristo escribiendo, según la mayoría
de los estudiosos, el evangelio que lleva su nombre.

Una cosa es sentirse incapaz de soportar una instancia dura de la vida y otra muy distinta es darle las espaldas a Jesús.

El segundo joven es Demas. No sabemos mucho de él, salvo las
referencias que hace el apóstol Pablo en algunas de sus cartas. «Os
saluda Lucas el médico amado, y Demas» ( Col. 4:14 ); «Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores» ( Fil. 24 ).
Por estas dos solas citas advertimos que Demas caminó codo a codo con
sus dos insignes compañeros: Pablo y Lucas, privilegio que quizás no
supo apreciar en su verdadera dimensión porque le faltó perspectiva. Lo
que dice Pablo en  2 Timoteo 4:9-11
suena como el clamor de un hombre cansado, debilitado y que se siente
terriblemente solo: «Procura venir pronto a verme, porque Demas me ha
desamparado, amando este mundo… Solo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y
tráele contigo, porque me es útil para el ministerio». Demas ha
desertado. De él dice el Diccionario de W.W. Rand: «Tenemos la esperanza
de que el abandono que hizo de Pablo y de Cristo no haya sido una
apostasía final; pero la Biblia deja lo que pasó a este respecto
cubierto con un velo tenebroso que debe servirnos de serio escarmiento.
“Este mundo presente” que nos tienta a no seguir a Cristo, es siempre
una maldición, y puede ser nuestra ruina» (p. 172).

El tercer ejemplo lo ofrece el joven de la parábola del hijo pródigo de  Lucas 15 .
Cautivado por las luces de neón y los guiños de un mundo que parece
irresistible, decide abandonar la Casa del Padre. Con dinero, con
juventud y con salud, no hay de qué preocuparse; poco a poco, sin
embargo, va bajando peldaño a peldaño por la escala de valores de la
vida hasta que llega al fondo. Todo lo ha gustado y no le ha quedado
nada salvo una muy leve esperanza de regresar a Casa. Y lo hace para
encontrarse con un Padre que lo está esperando, que lo abraza, lo hace
sentirse bienvenido y lo restituye a su lugar de privilegio dentro de la
familia. Ni un regaño; ni una reprimenda, ni un «te lo advertí». «Este,
mi hijo, muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado».

Las moralejas y las enseñanzas que pueden emanar de estos tres casos están ahí. El que quiera, entienda.

Autores:  Eugenio Orellana

©Protestante Digital 2011

                     
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Eugenio Orellana,
El escribidor,
carta abierta,

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